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El Barón de Lavort, señor de noble linaje, era muy respetado por todos ya que no mostraba la crueldad sin par de algunos que no dudaban en azotar a sus siervos o en aumentarles los tributos con pretextos de lo más absurdos. El barón, que no tenía descendencia, apreciaba al joven Guillaume por su entusiasmo, y desde hacía tiempo había decidido legarle una parte de su riqueza. Así pues, cuando alcanzara la mayoría de edad, Guillaume se convertiría en el propietario de la tierra donde había nacido y en la que había trabajado su familia durante muchas generaciones.
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